Vino tinto | Cuento

Texto: Aranza Bustamante

Ilustraciones: Abigail Castro

Vino tinto forma parte de la campaña internacional 16 días de activismo, la cual tiene el objetivo de exigir la prevención y la eliminación de la violencia contra las mujeres y las niñas. Comienza el 25 de noviembre, Día Internacional para la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres, y se extiende hasta el 10 de diciembre, Día de los Derechos Humanos.

Elia no estaba segura de lo que acaba de hacer. Su rostro estaba blanco, como el de una persona enferma o develada, y parecía que no estaba dentro de sí. Sentía como si las cuatro paredes de su habitación le aprisionaran el pecho. Le faltaba el aire. Su boca estaba seca, morada, con trozos de cuero alrededor porque no había dejado de morderla desde el día anterior.

¿Qué le dirían Adrián?, ¿cómo reaccionaría ante lo que había hecho? Julia ya lo sabía. Toda la noche se la había pasado consolándola. 

–¡Julia, no sé qué acabo de hacer, no sé qué acabo de hacer! –lloriqueaba Elia ante el teléfono.

–Eli, tienes que calmarte, no hiciste nada malo –le respondía Julia exaltada y preocupada. Tal vez si no hubiese salido de la ciudad esa precisa semana, otra cosa sería. Ya estaría ahí con Elia. 

–Es un secreto, lo que te acabo de contar es un secreto –decía Elia–, nadie más lo sabe, sólo tú. No soy capaz ni de decírselo a Adrián.

Las palabras de Julia retumbaban en su cabeza. Durante horas luego de esa conversación, había tratado de convencerse a sí misma de que lo que decía su amiga era verdad, pero los pensamientos iban, venían y sólo la ponían peor. ¿Qué diría mamá?, ¿y papá?, ¿ambos la odiarían o sentirían vergüenza?, ¿la correrían de la casa?

Mamá le había pedido que bajara a desayunar, pero Elia decidió poner el cerrojo de la puerta y no atendía a los golpes y llamados insistentes. Su mamá había preparado huevos con jamón y té, el desayuno favorito de Elia, y cuyo aroma impregnó la casa, pero ni eso logró convencerla de bajar. Algo andaba mal. 

A Elia le parecía extraño que papá no había ido a buscarla esa mañana, pero él tuvo que irse rápido por algunos asuntos urgentes de su trabajo, por eso ni siquiera se despidió. Tal vez si él hubiese estado, otra cosa sería. Tal vez Elia por fin habría salido de aquella habitación asfixiante que no dejaba de juzgarla cada que tenía oportunidad. Elia se sentía vigilada, como si de las paredes salieran ojos que no dejaban de mirarla. Aquel cuarto se sentía como una prisión.

El vino tinto estaba regado por todos lados: en las sábanas, en la alfombra, en el piso, en el pantalón rojo de Elia… en la casa había un lugar especialmente dedicado a las botellas de vino, e incluso tenían colecciones de añejos, porque tanto ella como sus padres, lo bebían con mucha frecuencia. Pero la frustración era tanta esa mañana, que Elia quería ahogar su culpa y sus penas en vino. No contaba con que ocurriría un accidente; tratando de abrir la botella, ésta se quebró y su contenido se derramó en el piso y la alfombra.

Intentó pararse a levantar los trozos filosos de vidrio porque dejarlos ahí implicaba que todos se enterarían de su terrible accidente, pero a falta de desayuno, su cabeza se tornó inestable. Comenzó a sentirse como en un laberinto, perdida y desorientada. Su respiración se aceleró, y mientras algunas lágrimas corrieron por sus mejillas. Su cuerpo no respondía y las piernas le pesaban, por eso decidió acostarse en la alfombra verde que se encontraba en el centro de la habitación. 

Afuera lloviznaba y el viento silababa sin parar. El termómetro marcaba cinco grados. La temperatura había bajado mucho. Los truenos y la lluvia provocaban que Elia imaginara un olor a pasto y a tierra mojada. Pronto comenzó a sentir las caricias de Adrián en su piel… él la contemplaba sin cuidado y le decía que todo estaría bien. –Por favor, no me odies por no habértelo dicho, yo te amo, pero no podía… –decía Elia mientras creía mirarlo fijamente.

–Creo que el vino está haciendo sus efectos, con esta son dos botellas –se decía a sí misma. De repente, una pequeña temblorina invadió su cuerpo. ¿Qué la provocaba?, ¿el frío, el vino, o tal vez la vergüenza que sentía?

Una sensación de hormigueo comenzó a recorrer cada uno de sus tejidos; sus efectos se sintieron primero en los pies, luego en las piernas, seguido del vientre, el abdomen y el pecho. Elia ya no carburaba con normalidad. El sonido del viento que se oía al otro lado de la ventana del cuarto, a estas alturas era insoportable.

–Eres una vergüenza, ¿no confías en mí? ¡Debiste habérmelo dicho porque tenía derecho de saberlo!

–Eres una irresponsable. Cometiste uno de los peores pecados. Elia, me has decepcionado.

Se trataba de Adrián y de su madre. Todo eso le dirían cuando saliera de ahí. Tenía que apurarse a recoger antes de que se enteraran. No la perdonarían, había cometido el pecado más grande que una mujer puede cometer.

Elia seguía sin poder levantarse porque el peso de su cuerpo era mucho y sus piernas no respondían aún. El miedo la invadió en el momento en que se dio cuenta de su pantalón rojo.

–Ese pantalón ayer no era rojo, era azul. No entiendo qué está pasando, no lo entiendo, yo sólo quiero que termine porque no aguanto más –se decía mientras más lágrimas caían, primero por sus pómulos, hasta llegar a sus labios.

Un calor húmedo empezó a inundar sus órganos. Elia ya no sentía frío. Esa sensación la calmaba y le recordaba a las veces que visitó la playa. Se sentía tan cómoda que no resistió y sin darse cuenta se quedó dormida.

Al despertar ya estaba atardeciendo. Se dio cuenta de esto porque una luz dorada entraba por su ventana, esa peculiar luz que sólo pega cuando está a punto de meterse el sol. Decidió intentar pararse y lo logró. Ya no había vino regado por todos lados y su pantalón volvió a ser azul. Elia pensó que todo había sido una pesadilla, y sin más, bajó a atender los gritos de su madre, quien decía que bajara a cenar.

Estando ya en la mesa, su padre, quien había llegado del trabajo, decidió colocar una botella de vino al centro y Elia intentó servirlo, pero de nuevo ocurrió otro accidente que hizo que se derramara. Elia se paralizó…

De nuevo se encontraba recostada en esa alfombra verde teñida de rojo, de eso que parecía ser vino. Su pantalón había vuelto a ser rojo también, y ese extraño hormigueo seguía estando presente, al igual que el calor. Por la ventana entraba la luz dorada del atardecer.

No era posible, no. Se trataba de un sueño, el peor de su vida, no podía ser cierto que se estuviera desangrando en esa habitación. Sólo Julia sabía lo que había hecho, lo que la había llevado a estar ahí. Su mamá creyó que se trataba de otro de sus berrinches, por eso, desde la mañana, no había insistido más.

–No se supone que esto deba suceder. El médico dijo que sangraría un poco, pero nada como esto. Las pastillas me las tomé tal y como me indicó. 

Sus labios descarnados, su rostro descolorido, el sudor interminable y la sensación de asfixia poco a poco cesaron. Elia suspiró y con mucho esfuerzo dio su última bocanada de aire arrepentida de su decisión. 

Autor: Aranza Bustamante

Fotógrafa documental, periodista y feminista. Con interés en temas de derechos humanos, migración, violencia de género y arte como una forma de visibilizar las problemáticas sociales. La mayor parte de lo que hace está enfocado en las mujeres y en su transitar en México.

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