El último pastel de chocolate

Texto: Carolina Argueta

Después contar mil veces la misma historia es imposible olvidar los detalles, la angustia y el dolor. Este cuento está basado en la historia real de dos padres amorosos que perdieron a su hijo cuando menos lo esperaban. El último pastel de chocolate es un recordatorio de que, la muerte llega sin aviso, y nunca sabemos cuando será la última vez que compartiremos un momento mágico con alguien especial. Dedicado con amor a mis padres. Este cuento recoge sólo algunos fragmentos de su historia.

Sol llevaba veinte días durmiendo en las incómodas sillas del hospital esperando noticias favorecedoras sobre la salud de su hijo Alejandro. Era un caluroso junio en la veraniega Ciudad de México, pero en su mente era un invierno triste y solitario. Mientras esperaba noticias, no dejaba de pensar en el pastel de chocolate cubierto de sangre que la había llevado hasta ese hospital.

Alejandro acababa de cumplir dieciséis años a mediados de mayo. El pastel de chocolate que iba a comer en su fiesta de cumpleaños, lo estuvo esperando con ansias. Sólo lo comía una vez al año, su madre se la pasaba ahorrando antes de su fiesta para poder comprar los insumos y complacerlo.

Casi salivando del antojo y de la emoción, Alejandro estaba por apagar las velas frente a su madre, sus abuelos y sus vecinos, quienes con mucho amor le prepararon una fiesta en la vecindad en la que vivían. Al momento de soplar las velas, de la nariz de Alejandro empezó a escurrir sangre, como si fuera una llave de agua abierta en su totalidad; la sangre escurría sobre el pastel y no paraba, era una hemorragia.

Sol se percató, y antes de que alguien ofreciera ayuda, salió de la vecindad y subió con Alejandro a un camión para llevarlo al hospital de la Raza, el más cercano. Llegaron y de inmediato el personal médico decidió internar a su hijo. Tras unas horas de angustia, espera y lágrimas, los análisis estaban listos. Sol recibió una noticia que le puso el corazón como cáscara de huevo.

Ella no se imaginaba que el diagnóstico de su hijo fuera tan grave y se culpaba por no haberse dado cuenta desde meses antes que su hijo estaba en la segunda etapa de leucemia mieloide. Cuando se enteró del diagnóstico, casi le arranca la bata al doctor que le dio la noticia, se sentía furiosa con ella y con la vida, estaba aterrada y muy sola.

Trasladaron a Alejandro a un cuarto compartido del área infantil del hospital. A su lado había una niña de siete años acostada en una cama; la cabeza de la pequeña estaba totalmente desnuda, pues había perdido todo su cabello en las quimioterapias. La niña se presentó con Alejandro, le dijo que se llamaba Fernanda, que llevaba en ese hospital un año y medio y que no se preocupara, que la vida ahí no era tan mala.

Los días transcurrían y Sol no veía mejora. Notaba cómo su hijo iba perdiendo color, fuerza y peso poco a poco; primero en sus labios, después en sus mejillas, después veía cómo sus brazos se hacían delgados como una vara y aunque por dentro se deshacía de desesperación, ella solo lo besaba profundamente, le contaba chistes y le platicaba las historias de su divertida juventud antes de tenerlo a él.

El dolor en los huesos era insoportable. Apenas había pasado su primera quimioterapia y él sentía que su cuerpo era de mazapán: a punto de desmoronarse en cualquier instante. Odiaba no valerse por sí mismo: no poder levantarse al baño, no poder agarrar la cuchara para comer ni poder bañarse sin ayuda de su madre o de las enfermeras. Aunque por dentro sentía que sólo quería morirse, Alejandro le decía a su madre que se sentía normal, que su primera quimioterapia había sido indolora y tranquila.

El día veintidós de hospitalización, tan sólo dos días después de la primera quimioterapia, la intubación fue la única opción. Ese jueves, llegó el papá de Sol a visitarla al hospital, él esperaba noticias favorecedoras, esperaba ver a su nieto y les llevó dos pedazos de pastel de chocolate.

En cuanto a vio a Sol llorar desconsoladamente en una de las sillas del hospital, se sentó a su lado, botó el pastel de chocolate en una silla y habló con ella mientras le tomaba la mano:

—Sol… ¿Alejandro está sufriendo? —dijo su padre con una voz quebrada, una voz que ella jamás había escuchado salir de él.

—Él me dijo que no, pero yo sé que el medicamento ha sido agresivo pa’… lo intubaron hoy, su cuerpo no soportó la primera quimio que fue hace dos días —contestó Sol, luchando por no derrumbarse.

En ese instante llegó el doctor y les comentó que Alejandro estaba grave, que su pulso era mínimo y que era casi imposible que despertara por sí solo. En ese instante, la mente de Sol viajó hasta sus veintidos años, cuando Alejandro cumplió cinco años y ella le preparó su primer pastel de chocolate.

—Sol… Alejandro está sufriendo —dijo su padre con la voz entrecortada.

—He luchado desde chiquitita a su lado pa’, no puedo dejarlo ir —respondió Sol antes de desmayarse.

Cuando ella despertó estaba recostada en una cama de hospital, pensó que estaba despertando de un mal sueño, pero vió a su padre a lado de ella llorando como jamás lo había visto. Tomó la mano de su padre y le dijo que había tomado la decisión de dejar ir en paz a Alejandro, para que dejara de sufrir.

—Esta es la última vez que prepararé pastel de chocolate, papá —dijo Sol antes de que el doctor llegara a preguntarle si se sentía mejor. 

Autor: Carolina Argueta

Estudiante de Ciencias de la Comunicación en la UNAM en la opción terminal de Producción Audiovisual. Feminista, amante de la música, el cine y la fotografía. Busco generar a mi alrededor sensibilidad hacia el arte y su labor dentro del feminismo. Mi objetivo es conectar con historias de actualidad, con mujeres artistas, activistas de distintas áreas y temas de medio ambiente.

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