La vida, la memoria y la muerte: una cineasta documentando la Costa Chica

Texto: Mónica Cruz

Fotos: Cortesía de Sandra Luz López Barroso

La primera vez que Sandra visitó la Costa Chica de Oaxaca quedó fascinada con el aura de doña Cata. Con mucha dificultad y con mucha ayuda, la señora de la que nadie podría calcular la edad, logró subir a la tarima de casi un metro de altura para comenzar a mover los pies al ritmo de la música que resonaba en el Décimo Encuentro de Pueblos Negros por allá del 2006.

Cuando la vio bailar y brillar, casi rejuvenecer encima de lo que en la zona llaman Artesa, Sandra ya sólo quiso hablar de ella. Se le acercó y le dijo que quería conocerla, que quería entrevistarla y que estaba muy contenta de verla bailar. Así fue como Sandra Luz López Barroso comenzó una relación mágica y estrecha con las memorias, la gente y, sobre todo, con las mujeres de la Costa Chica de Oaxaca y Guerrero.

Nació en 1984 en la Ciudad de Oaxaca, México, lugar en el que adquirió su gusto por el cine, específicamente en el Pochote Cineclub creado por iniciativa de Francisco Toledo. A partir de ese encuentro con el Séptimo Arte, Sandra decidió que quería dedicarse al cine, por lo que intentó entrar sin éxito a las únicas dos escuelas que había en el país, el entonces Centro Universitario de Estudios Cinematográficos (CUEC) y el Centro de Capacitación Cinematográfica (CCC). Sin embargo, no se dio por vencida. Al enterarse de que existía la Antropología Visual y convencerse de que era un buen camino para hacer realidad su sueño, se postuló y logró ingresar a la Escuela Nacional de Antropología e Historia a sus 18 años.

La llegada a la Costa y la revelación documental

Sandra llegó a la Costa Chica de Guerrero y Oaxaca gracias a su hermana y por curiosidad académica:

“Mi hermana mayor estudiaba teatro y fue a un encuentro en El Ciruelo, un pueblo afrodescendiente en la Costa Chica de Oaxaca y cuando regresó me enseñó unas fotos de personas afrodescendientes. Yo no podía creer que en mi estado existiera ese fenotipo, como que siempre imaginé que eran personas de Brasil, de África, de muy lejos, pero me dije ‘esto es aquí, a seis horas de donde vivo’”.

Además, estudiando en la ENAH, le habían solicitado hacer una etnografía de algún pueblo de México y lo primero que quiso hacer fue ir a conocer ese lugar.

Cuando conoció a doña Cata, una mujer que no sabía leer ni escribir, pero que guardaba todos los versos y los cantos de tiempos pasados en la memoria, lo que hizo intuitivamente fue tomar la cámara de video y comenzar a documentar todo eso que sentía que se estaba desvaneciendo. El encuentro dio como resultado su primera película etnográfica en la que explora el Fandango o Son de Artesa, a través de la historia oral de un pueblo afrodescendiente.

Para Sandra, el cine documental se convirtió en uno de los tesoros de la memoria, en una oportunidad de poder capturar aquello que irremediablemente va a desaparecer; en un acto mágico para retener el recuerdo no sólo de una persona, sino de un pueblo, de las mujeres de una comunidad.

De Cata a Artemio

Doña Cata compartió con Sandra los últimos dos años de su vida. Murió en el 2007 mientras la joven estudiante se encontraba realizando Son de Artesa. La conexión entre ellas fue muy profunda. Sandra hoy se da cuenta de que Catalina le regaló, entre muchas otras cosas, una oportunidad de continuar su camino deseado.

Cuando concluyó la carrera de Antropología, postuló al CCC, esta vez con éxito, y en el 2014 regresó a la Costa Chica con el objetivo de realizar su tesis como cineasta: “mi intención era hacer una película, como un retrato de mujeres afromexicanas que hablara sobre la influencia que tuvo doña Cata en la vida de ellas. La idea era que al final, yo hablara de la influencia que ella tuvo en mi propia vida”.

Sin embargo, en el transcurso de la exploración para su proyecto, se encontró con Coco Zarate, nieta de doña Cata, recién regresada de Estados Unidos que vivía en la Costa Chica con sus dos hijos más pequeños, Marilyn y Artemio:

“Cuando fuimos a la casa de Coco conocimos al bisnieto de doña Cata, Artemio, y pues nada, ahí me enamoré de esa relación y de esas personas.  Encontré en Coco como a una doña Cata rejuvenecida un poco”. Sandra reflexionó acerca de lo importante que era saber cuándo despegarse de la idea inicial y se dio cuenta de la fuerza y el alcance que puede tener un solo personaje.

De esta manera nació Artemio, la tesis de sus estudios cinematográficos en el CCC; un documental, estrenado nacionalmente en el festival AMBULANTE 2017, e internacionalmente en Sheffield DOC/FEST 2017 en donde obtuvo el New Talent Award, además de haber sido nominado al Ariel. La cinta aborda el fenómeno de la migración desde la perspectiva de un niño y desde una narrativa llena de emotividad, cotidianidad y cercanía, muestra la belleza y la sencillez de la vida.

“Artemio en particular me pareció un niño con una inteligencia emocional muy madura, muy bella. El acercamiento y la puesta en cámara con él fueron sumamente divertidas, sumamente gozosas para todo el equipo. Es un niño entrañable”.

Lizbeth y la muerte

-What is celebrating?

They’re not celebrating, actually someone died… Well, it is a celebration because when someone dies in your house you have to bring the music to celebrate that this person passed to another stage. […] So, dying it’s not totally bad, it’s something good because that means that you already completed your mission here on earth, so you are ready to move on to the next stage. It’s sad but good at the same time.

Artemio, 2017

La Costa Chica es el universo fílmico de Sandra, pero las historias que contó desde luego la atravesaron de alguna forma. En 2007 conoció a Lizbeth, la encargada de darle sepultura a doña Cata, y en 2016 se reencontró con ella tras el fallecimiento de su padre, del que no tuvo la oportunidad de despedirse y con quien había creado un lazo fuerte los últimos años.

Eso marcó un antes y un después en la vida de la cineasta. Del encuentro con Lizbeth y la necesidad de una despedida nace su ópera prima El compromiso de las sombras, una película documental que narra el compromiso de Liz con su pueblo para otorgarles a los que mueren un digno ritual funerario desde el profundo respeto a los cuerpos que yacen inertes.

“Fue un proceso muy difícil estar en funerales todo el tiempo y llegar con una cámara a preguntar si puedes grabar, y que te permitan hacerlo. Creo que Lizbeth tiene un conocimiento enorme y todas las personas que se dedican a despedir a los muertos, a rezarles, a bien morir, tienen un gran conocimiento de la naturaleza y de un montón de energías que yo no alcanzo a verbalizar. No sé si podría volver a hacer una película así, pero sí sé que mi búsqueda me ayudó a entender la muerte desde otro lugar”.

Ahora con la pandemia, la forma en la que Sandra mira la película adquiere otra dimensión, pues no tener contacto con el difunto por lo contagioso de la enfermedad, ni poder acompañar a los que se quedaron en vida extrañando, ha sido una situación muy difícil de llevar.

Los filmes de Sandra no serían los mismos sin la experiencia previa como antropóloga en la zona, gracias a ésta sabe que el cine puede ser una herramienta poderosa para visibilizar a aquellas comunidades que han sido borradas de la historia. No obstante, sus objetivos están lejos del cine etnográfico. Ella no le apuesta a lo racional, sino a lo emocional, por eso eligió el lenguaje cinematográfico para expresarse.

La antropología se encarga de explicar y señalar ciertos aspectos de la vida social y cultural, en cambio, el cine está para apelar a la emoción, así que lo que le importa es poder crear lazos de confianza profundos que puedan permitirle tanto a las personas como a ella, compartir aquello que se quiera compartir.

Perspectiva femenina

El hecho de que su trabajo esté permeado de mujeres fuertes no es casualidad, tiene que ver con su historia familiar: fue criada por una madre y una tía que trabajaban, que proveían; mujeres autónomas que cuestionaron las normas sin necesariamente haber leído de feminismo. En la Costa Chica volvió a encontrarse con mujeres que se han hecho fuertes tras haber trascendido experiencias dolorosas.

“Siento que doña Cata en los años 50 desafió muchas de las normas morales e hizo lo que quiso. Por su parte, en este contexto de migración y deportación, Coco hace también un poco lo que quiere. Mi búsqueda o mi interés principal, tiene que ver con mujeres autónomas e independientes”, dice Sandra.

El trabajar con mujeres le ha hecho desarrollar una conciencia política que no sólo se refleja en los productos finales de su trabajo, sino también en el equipo que ella elige para la realización de los rodajes:

“Si necesito una sonidista, procuro que sea una sonidista mujer. Creo que resulta necesario agruparnos cómo gremio, como mujeres, generar lazos para poder visibilizarnos”. También ha reflexionado en la diferencia de miradas entre hombres y mujeres: “sí hay una diferencia, hasta donde yo lo veo, en la forma de acercamiento a los otros, al otre. En documentalistas sí existe una distancia en ser hombre con una cámara y ser mujer con una cámara”, explica segura.

El compromiso de las sombras es el trabajo de Sandra más próximo a estrenarse, pero, además, tiene varios proyectos en lista. Grabando este documental conoció a las maestras de Lizbeth, las últimas rezanderas de su generación que siguen con vida y a quienes estuvo filmando paralelamente para otra cinta que llevará por nombre Letanías de antes.

Sandra finaliza contando que ahora tiene una propuesta para ser fotógrafa de un proyecto llamado Matrioshka en Costa Rica, y con los fotógrafos binacionales Taeko Nomiya, Luis Okamoto y Marcio Takeda planea levantar un trabajo documental.

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