El terror cotidiano de Mariana Enríquez

Texto: Luz Cecilia Andrade y Mónica Cruz

Fotos: Cortesía de Mariana Enríquez

Retratos de artistas, bandas y momentos especiales se distribuyen a lo largo y ancho de un espacio dedicado a la lectura, la buena música y el trabajo. El tecladista de Suede y Prince se dejan ver entre fotos de indígenas Selk’nam de la Tierra del Fuego. Hay libros y discos por todas partes, y un escritorio lleno de apuntes iluminados por el baño de luz natural que una ventana con vista al patio refleja. “Debo tener como cuatro mil libros”, dice Mariana sosteniendo la pantalla de su laptop en dirección a los cuatro estantes repletos que visten las paredes del cuarto donde escribe terror. 

Escritora de origen argentino, Mariana Enríquez ha logrado colocarse como una de las mayores exponentes de la llamada “nueva narrativa argentina” durante los últimos años. Su trabajo ha sido publicado en revistas de talla internacional como Electric Literature, Granta, Asymptote, Virginia Quarterly Review, The New Yorker, entre otras. Además, en 2020 fue nombrada Directora de Letras del Fondo Nacional de las Artes de Argentina, y actualmente es subeditora del suplemento Radar del diario Página/12.

En sus palabras

Mariana hace el recuento de los años sabiendo perfectamente que, como escritora, una va cambiando. Echa un vistazo a lo que fue la segunda mitad de los noventa y principios de los dos mil, y reflexiona que con tan sólo veintiún años de edad, era una joven bastante errática, no muy prolífica y, sobre todo, realista. Sus dos novelas de aquellos años estaban impregnadas de un realismo muy raro, deforme, no costumbrista, como ella lo dice. Sin embargo, no se considera formalmente como escritora hasta después del año 2009, que fue cuando comenzó a escribir con más continuidad y convicción.

En la actualidad, se describe a sí misma como una mujer que disfruta escribir fantástico, terror y en menor medida crónica. Algo importante para ella es tomar en cuenta las condiciones materiales bajo las cuales está desarrollando su actividad, por lo que se identifica como una escritora latinoamericana: “no tenés el mismo acceso a un montón de cuestiones que hacen que escribir pueda ser tu actividad principal con mayor tranquilidad. Si vos sos escritora en… Europa, no sé, podés pedir esta beca, ir a esta residencia; acá no es tan fácil o casi no existe”.

El fin de una época, el inicio de una escritora

Mariana nació y creció en una época decisiva para la historia de su país: el final de la dictadura cívico-militar en Argentina. Recuerda su segunda infancia durante los años posteriores a ese periodo, como un tiempo muy activo. El juicio a los responsables y los testimonios de las víctimas de torturas y asesinatos pintaban un panorama muy contrastante en el que después de tanto silencio impuesto por las fuerzas gubernamentales, hubo una explosión de información por parte de la sociedad civil.

Foto: Daniel García

En medio de un ambiente noventero solitario para los jóvenes debido a la ausencia de los padres por una marcada crisis económica, los primeros años de la adolescencia de Mariana se asomaban con un carácter libertario casi total. La atmósfera de un efervescente momento cultural post-dictadura, propició la existencia de una “adolescencia salvaje” centrada en el aquí y el ahora. La experimentación con drogas y una pandemia ahora olvidada de VIH, así como la sensación de una total falta de futuro, fueron cuestiones que marcaron sus memorias juveniles.

“Fue una adolescencia muy atravesada por la política y por las políticas del deseo, de la enfermedad del cuerpo y también por lo social. A mí siempre me pareció un momento muy literario”.

Obsesiva, Mariana buscaba experiencias literarias, musicales y visuales sobre lo urbano, la sexualidad, la política y todo lo que aconteciera en un ambiente nocturno. Esta búsqueda estaba limitada por su desconocimiento de muchos autores y artistas. Su hábitat, una gran ciudad constituida principalmente por estudiantes, no le proporcionaba eso que ella tanto buscaba. “Lo que leían en español era en general sobre otras experiencias, ni buenas ni malas, solamente no era sobre eso (la vida joven de los ochenta) y la mayoría era literatura de varón, hecha y escrita por varón”.

Con el tiempo la peculiaridad de sus intereses se vio saciada a través de autoras norteamericanas como Kathy Acker ⎯novelista creativa y disruptiva de los ochenta que abordó en sus novelas temas sobre feminismo, filosofía, misticismo, pornografía, entre otros⎯ y películas como Un mundo privado de Gus Van Sant, donde  la experiencia de la noche, lo urbano y la sexualidad eran el tema.

Conocer autores extranjeros que abordaran temas de su genuino interés diversificó su conocimiento literario, pero el enfoque seguía siendo distinto, diferente a lo que buscaba. Fue así como decidió, a sus 19 años, escribir su primera novela para ella y sus amigos: Bajar es lo peor (1995), donde se plasma gran parte del pensamiento de una Mariana Enríquez joven, condicionada por un ambiente político, social y económico hostil donde el “aquí y ahora” se vivía en la adolescencia argentina. 

La editorial donde fue publicada tuvo la intención de realizar una colección de literatura para jóvenes y, por azares del destino, la hermana de una amiga suya que había trabajado con esa editorial sabía de la existencia de su novela y la llevó con el editor, quien aceptó su propuesta. “Lo corregimos durante unos meses, tampoco fue tan intenso ese trabajo […] y bueno, lo publicaron. Fue muy repentino para mí porque yo no tenía intenciones de ser escritora; por supuesto me pareció una oportunidad y la tomé”.

El otro Terror

El primer acercamiento en la infancia de Mariana con el género de terror, fue el terror clásico de los maestros Edgar Allan Poe y Howard Phillips Lovecraft que no generó gran interés en ella. Ambos escritores se encontraban fuera de la realidad y rayaban en la locura, en lo demencial. “Lovecraft […] me gusta mucho como mitógrafo y me parece que la mitología se puede usar mucho y que se puede resignificar, pero es […] una cosa muy alejada de lo cotidiano. Y Poe es un escritor totalmente cerrado sobre sí mismo, tiene poca conexión con la realidad, es como leer a un loco.”

Así, el llanto del niño a través de la pared en un hotel solitario de Cortázar en La puerta condenada, los relatos oscuros de Bradbury en El país de octubre, así como la tragedia, lo siniestro y el horror de las hermanas Brontë en Cumbres borrascosas y Jane Eyre, era lo que más se acercaba a su perspectiva de terror: el terror reconocible, aquel que surge de la cotidianidad; de lugares y situaciones; personas y charlas comunes que cualquiera puede identificar. Estos autores fueron migas de pan que la infanta Mariana siguió hasta llegar al autor que detonó sus ganas de escribir terror: Stephen King.

 “Creo que Stephen King es el primero que entiende la relación entre lo social y el horror”, comenta Mariana con manos enfáticas. “Para mí fue el gran descubrimiento leer un escritor popular y entender por qué era tan popular […] porque da mucho miedo con cosas muy reconocibles a niveles básicos incluso, qué se yo”.

Padres de familia violentos y alcohólicos como en El resplandor, o adolescentes maltratados por sus compañeros, y reprimidos por su propia familia que ocasionan masacres escolares como en Carrie, comprenden escenarios que no son de otro mundo o le suceden a una persona en particular, sino que son reconocibles. Para Mariana identificar esa clave fundamental y aplicarla en sus cuentos dotándolos de miedos generales, pero también particulares, propios de Latinoamérica, fue el punto de partida para causar terror y adentrarse en el género literario del realismo.

Placeres y manías

“No tengo muchas manías”, dice Mariana desde el escritorio lleno de libros donde se encuentra sentada. Ahí, durante un tiempo su rutina literaria se resumía en escribir por las noches, pero su trabajo como periodista le planteó una nueva forma de trabajo donde sólo podía escribir literatura por las mañanas sin terminar agotada. “Volver del trabajo y ponerme a escribir literatura era imposible”.

Uno de los pequeños placeres que Mariana tiene al escribir es oír música que le gusta. Sin determinar un disco, artista o género en específico, en ocasiones deja que el azar elija las canciones con las que va a escribir entre el rock, indie rock, clásico, slowcore o hip hop, entre otros. Sus límites se pintan cuando la música es en español  y no en inglés debido a que su lenguaje natal interrumpe su ritmo y las letras que escucha se entremezclan con las suyas como intrusas. 

En ocasiones, tanta es la influencia de las canciones y bandas que escucha, que existen momentos de conexión en los que el contenido del cuento coincide con la música de fondo. Entre homenajes secretos y alusiones a distintas bandas, su libro de cuentos Las cosas que perdimos en el fuego es un ejemplo de sus guiños musicales, ya que este título hace referencia al álbum Things We Lost in the Fire  de la banda estadounidense Low, que ella escuchó mientras lo escribía.

¿Qué íbamos a saber?

Con la llegada de la contingencia sanitaria por coronavirus la demanda de trabajo para Mariana fue bastante loca. Está consciente de que mucha gente, o no pudo trabajar nada, o bien, perdió su trabajo, por eso no se queja. De alguna manera le sirvió como distracción para no estar encerrada experimentando el miedo propio de una pandemia que, por lo menos para los países latinoamericanos, aún no acaba.

Pero lo que más la agobió no fue esa carga de trabajo experimentada a diario, más bien, fueron las exigencias de algo que decir al respecto. La idea de que por trabajar con el lenguaje ella pudiera tener una opinión inteligente e informada sobre la pandemia le parece sofocante, pues afirma, ser escritor no significa ser más lúcido en la interpretación de la realidad y mucho menos en la interpretación de una realidad inédita en la que nadie sabe lo que está pasando.

“La mitad de las cosas que leía me parecían directamente malas y la otra mitad me parecía gente asustada tratando de decir algo para no decir ‘no sé qué va a pasar, esto me tomó de sorpresa, interrumpió mi vida y tengo miedo’, que era casi lo único que me parecía honesto, todo lo demás me parecían elucubraciones. Había una sobreproducción de palabras, de discurso y de tratar de ponerle sentido a algo que finalmente no tiene sentido porque es un hecho de la naturaleza, una enfermedad nada más”, finaliza Mariana con expresión seria y reflexiva frente a un panorama de incertidumbre y terror, propio de alguno de sus relatos.

Autor: Voces de Quimeras

Voces de Quimeras es una revista digital y un portal dedicado a crear contenidos en torno a temas relacionados con las mujeres y los espacios construidos por ellas.

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