Seguir adelante

Texto: Jose Antonio Garcia

Seguir adelante después de una pérdida es un reto difícil. El duelo es una etapa en la que la tristeza, la alegría y la melancolía se experimentan en carne viva. Este cuento es un golpe al corazón y toca las fibras más sensibles del alma, pues nos hace preguntarnos: ¿Cómo seguir adelante después de haber perdido a alguien?

Me encontré una carta entre los libros de mi abuelo mientras quitaba el polvo de su librero. Mi madre me había advertido que algo podría encontrar, ya que a su padre le encantaba dejar sorpresas entre sus cosas.

No se veía muy especial, sólo decía “Para el amor de esta y mis muchas vidas”. La carta era de un color arena. Tenía una mancha de café y el olor que desprendía dejaba claro la antigüedad del documento.

Mi abuelo había fallecido hace 12 años, cuando yo sólo tenía siete. Recuerdo que me leía cuentos de ciencia ficción que yo casi no entendía. Pero ahora con 19 años y en medio de una carrera en Letras clásicas, me gustaba releerlos mientras limpiaba su librero con más de diez mil libros.

En realidad, sabía poco de ese hombre. Mi madre habla mucho de él y lo describe como un tipo apasionado e impulsivo con un gusto por escribir y leer cualquier tipo de lecturas. Recuerdo que siempre me causó curiosidad. Yo tenía muchas preguntas y él tuvo poco tiempo para responderlas.

Me intrigaba saber por qué había sido tan impulsivo. Por qué había decidido dedicarse a la Literatura después de ser despedido de su trabajo como periodista. Me preguntaba por qué le había propuesto matrimonio a mi abuela en su primer viaje a la playa después de dos años de noviazgo. Por qué trataba de dejar para las madrugadas el duelo después de la muerte de su esposa.

Mis ojos se clavaron de nuevo en la carta. Mientras más pasaba con el sobre entre mis dedos, las ganas por abrirlo aumentaban. La prosa de mi abuelo, según los que la conocieron, era de una transparencia llena de emociones, sentimientos y vivencias. Tal vez, pensé, aquí están las respuestas.

Abrí el sobre. En su interior se encontraban tres hojas de su puño y letra. Al parecer tenía un pulso irregular por la forma en que escribía algunas de las letras como la “F”, “T”, “G” y la “Y”, eran una mezcla inusual entre la letra molde y la cursiva.

La carta decía lo siguiente:

Amor mío.

Han pasado 567 días desde que te fuiste. Han pasado 567 días desde que tu olor ya no inunda las sábanas de nuestra cama. Han pasado 567 desayunos donde la porción es para uno y ya no para dos. Han pasado 567 noches donde ya no platico con nadie antes de dormir.

Quisiera decirte cosas más lindas, ya que al parecer el mundo no se detiene a pesar de que ya no estás. Tus hijos no dejan de crecer en tu ausencia y eso es tan hermoso. Pero a la vez me quema porque ya no puedo contarte lo bello que es ver a nuestros dos niños (ahora madres y padres de familia) formar su propia familia.

Andrómeda se tituló por fin. Su marido la apoyo mucho para que pudiera lograr ese sueño. Recuerdo que cuando pasó el examen profesional ante sus sinodales, miró al cielo y dijo ‘esto va por ti, mamita’.

Me emocioné mucho, amor. Tu hija te extraña tanto (pero no tanto como yo) y cada que logra algo ella o su hijo Erick, mira al cielo agradeciéndote y dedicándote cada una de sus nuevas metas cumplidas.

El caso de Karim es diferente. A veces se hace el duro y evita hablar de ti. Pero su esposa (muy amable y bella –seguramente se hubieran llevado bien–) me dice que no para de recordarte con melancolía. Según dice, cada vez que le llega un ataque de ansiedad, empieza a parlotear que él pudo haber hecho algo más para intentar arreglar las cosas con nosotros antes de tu muerte. Se siente culpable y dudo que algún día pueda sobrellevar esa sensación.

Pero bueno, volviendo a las buenas noticias, está esperando gemelos. Está muy emocionado y dice que si son niñas, una de ellas será nombrada Beatriz en honor a ti. Sinceramente, anhelo demasiado que eso pase.

Bueno, creo que es momento de explicarte la razón de estar escribiendo una carta dirigida a ti, amor. Sé que parecerá una locura para las demás personas y lo atribuirán a que tengo 74 años y una fuerte depresión después de que la muerte rompiera la burbuja que mantuvimos a base de amor y ganas de salir adelante desde que teníamos 20.

Pero no, mi vida. Esto no es la locura en forma de prosa, sino un acto de rebeldía. Posiblemente el último antes de alcanzarte con Dios en el más allá. Esta carta es la forma que yo escojo para poder seguir adelante. Esta es la forma en que inmortalizaré la causa de mi más grande dicha y la desgracia que ha desgarrado mi corazón.

¿Te acuerdas de nuestro primer año como novios? Las noticias estaban repletas de nuevas enfermedades e injusticias, pero nosotros seguíamos planeando y sonriendo mientras intercambiábamos miradas. Era un amor de adolescentes, pero con la madurez de dos universitarios que querían construir su vida con el amor como principal pilar.

Ahora, después de muchas décadas lo reflexiono mejor. Éramos dos niños jugando a los adultos que en el proceso construyeron ilusiones que se convirtieron en hechos. La clave era la dedicación y el amor para juntar nuestras metas individuales y forjar las colectivas. Creo que ahí estuvo la clave del éxito.

Soy un viejo nostálgico, ya lo sabes. Pero es que llegué a la conclusión de que los recuerdos almacenados en nuestra memoria son la forma que tiene nuestra mente de decirnos que alguna vez amamos la vida. Los recuerdos son lo único que nos permite revivir de alguna forma la felicidad para hacerle frente a la desgracia e infortunio del presente.

Recuerdo con mucha nostalgia cuando te acompañé a tu primera cita al médico después de enterarnos de que llegaba Andrómeda. También de cómo me gritaste que dejara de ser un maldito exagerado y que podías subir las escaleras que quisieras. Cinco minutos después te pusiste a llorar mientras te disculpabas y me abrazabas.

Los primeros pasos de Andrómeda y sus dibujos que colocábamos en el refrigerador, el primer torneo de fútbol que gano Karim y la primera reprimenda que le dimos por llegar ebrio de una fiesta forman parte de miles de momentos que pasamos como familia. Sólo esos momentos me hacen revivir la felicidad. Esa que se fue junto a tus cenizas, las cuales reposan en un árbol de tu bosque favorito. El lugar donde mi cuerpo también irá cuando mi alma lo abandone para reunirse contigo.

Ya lo decía Rosa Montero en el libro que te leí durante varias noches de agosto en nuestro departamento cuando esperábamos a Karim: ‘La felicidad es minimalista. Es sencilla y desnuda. Es una casi nada que lo es todo.’

La felicidad al lado de ti y de nuestros hijos era tan sencilla de describir y sentir que me la paso las 24 horas del día recordando risas, bromas y momentos a su lado para revivir en mis poros ese sentimiento. Al final del día, el único sentimiento que hace sentir vivo al hombre –a parte del dolor– es la felicidad.

Es curioso, pero estas líneas que escribo al parecer no son sólo dirigidas para ti. También necesito leerlas yo y recordar que el presente es lo único que se puede modificar. A pesar de que soy un viejo anclado a sus recuerdos, aún vivo en el presente y es lo único que, desgraciadamente, puedo modificar.

Qué curiosa es la vida. ¿Recuerdas cuando pasábamos las tardes y noches pensando en lo bello que sería cuando nuestros amaneceres se conjuntaran de forma cotidiana? Aunque no me arrepiento, hoy que ya no estás. Quisiera ocupar también esos días en caminar a tu lado, besarte los pómulos o hacerte reír con la inmadurez de aquellos tiempos. Los tiempos felices que sólo contigo pude tener.

Ay, Beatriz, ¿no te parece curioso como el amor nos salva de la desgracia? Cómo nos da un motivo para despertar y alejar a los fantasmas que nos aquejan. El amor es esa pequeña luz que aparece cuando la vida se oscurece y no queda más que andar a ciegas. Nuestro amor dio luz a los dos de diferente manera.

Tal vez si no nos hubiéramos conocido, tú hubieras recorrido por un largo tiempo ese sendero inestable con aquel patán que te destruyó emocionalmente en tu adolescencia; por mi parte, me seguiría empeñando en vivir de cariños a medias y mientras nadie observa. Hubiera sido lo que fui hasta conocerte: un hombre que sólo servía para acompañar a los solitarios y que era desechado cuando ya no era útil.

Tal vez sí estoy loco. Estoy loco de desesperación por volver a tener tu cabello rojo entre mis dedos; tal vez sí estoy enfermo. Estoy enfermo de tristeza y al parecer nunca me curaré. Bien dicen que las personas nunca volvemos a ser las mismas después de las perdidas, sólo nos reconstruimos con los pedazos y buscamos aferrarnos al pasado para motivarnos y seguir adelante.

Yo lo intenté. Intente aferrarme a esas noches donde las lágrimas caían por mis mejillas y tú me recordabas lo valioso que soy. Aunque hubo tantas, hay una que me hizo levantarme de la cama, ya que tus palabras habían sido lo único que me hizo sentir que yo valía la pena después de que me despidieron de la redacción.

¿Lo recuerdas? Espero que sí. Llegué a la casa alrededor de las ocho de la noche y te dije después de dejar mi saco en el respaldo del sillón “Amor, ya tengo más tiempo libre para ti y los niños. Ahora sí podré ir a todos los festivales”, mientras en la cara aparecía una mueca que aparentaba ser una sonrisa optimista.

Me miraste en silencio. Me abrazaste. Te dirigiste a la cocina y me serviste la cena (tortas de carne en chile rojo). Me rosaste con tu pulgar la mano derecha y me miraste directamente a los ojos. Sonreíste y tus labios se dirigieron a mi frente. En ese momento me solté a llorar.

Que alguien haga dudar a un periodista (tan terco como lo era yo) de su capacidad, es algo muy difícil, pero cuando alguien logra que la duda se implante en la cabeza, es todavía más difícil recuperarse del golpe. ¿Cómo seguir adelante cuando te hacen dudar de tu trabajo ?

La clave, de nueva cuenta, fue el amor. El amor de una mujer que me dio el apoyo que necesitaba, ya fuera para ofrecerme su hombro y dejarme llorar o para recordarme que mucha gente creía en mí y en mi talento.

En esos tiempos, tú y la literatura me salvaron de mí mismo. Me salvaron de tirar la toalla y cometer alguna barbaridad como abandonar el periodismo o la escritura. Me salvaron de dejarme guiar por los comentarios de una editora malintencionada (una de las muchas y muchos que abundan en el mundo del periodismo) y olvidarme de las personas que me habían dado su voto de confianza.

Ese día secaste mis lágrimas. Abrazaste mi alma y llenaste con risas los espacios rotos entre mis sueños y el presente. Recuerdo que, aunque fueron tiempos económicos difíciles, tus ojos siempre tenían ese brillo inigualable; cuando veías a los niños o a mí. Ese brillo que quisiera volver a ver porque ya me cuesta recordarlo.

Ay, Beatriz. Han pasado 567 días y sigo extrañándote tanto. Me queda tanto por decir, pero ya el sueño me está ganando, por lo que cerraré con lo último que tengo pendiente por decirte antes de cerrar esta carta y guardarla en tu libro favorito. Antes de despedirme de ti y esperar ansioso el momento en que nos reencontremos en la otra vida.

Gracias por haber estado. Gracias por estar en mis logros, en mis derrotas, en mis noches de debilidad, en mis discursos después de algún premio o en los cumpleaños de los niños para agradecer a nuestros invitados por acompañarnos.

Gracias por seguir en mi mente aunque tu cuerpo ya no esté en el mundo terrenal. Tu rostro sigue siendo lo primero que aparece en mi mente cuando me despierto, como cuando éramos novios y teníamos que recorrer varios kilómetros para vernos dos días a la semana. Sigues siendo lo primero en lo que pienso cuando consigo algo.

Gracias por darle a nuestros niños y haberme regalado una extensión de nuestro amor tan hermosa que con el tiempo se va haciendo más grande. Ellos son el reflejo más claro del amor que juramos tenernos aquella vez que te di el anillo en nuestro primer viaje a la playa. Aquel que se renovaba día a día mientras la vejez acechaba en la ventana.

Creo que la mayor lección que me enseñaste es disfrutar el momento. Me enseñaste que el pasado se fue, el futuro no existe y el presente es lo único tangible. Cuando era más joven no lo entendía y me la pasaba pensando en cómo sería la vida cuando acabara la carrera, cuando nos casáramos, cuando naciera Andrómeda. Sin querer desperdicié parte de mi tiempo con ustedes pensando en el mañana.

Gracias, amor, de esta vida y muchas otras. Gracias por estar a mi lado un largo tiempo. Es innegable que sin ti no hubiera llegado hasta donde llegué. ¿Quién aparte de ti creyó verdaderamente en mí?

Mis últimas líneas son una promesa: Beatriz, si nos volvemos encontrar en la otra vida, te juro que disfrutaré más el momento. Te invitaré por más helados y golosinas de las que tanto te gustaban. Prometo darte una mejor luna de miel. Prometo ser menos terco y amargado, y decirte el doble de cosas bonitas. Amor mío, te prometo dar el doble de amor del que te di.

Al final de cuentas, ya no seré el mismo jamás. Ahora soy un hombre viejo y seguramente cuando nos reencontremos seré diferente. Pero te prometo que el dolor que me está causando el duelo por tu partida, me ayudara a seguir adelante y volver a ver tu cabello en las almohadas mientras el amanecer entra por las cortinas.

Siempre tuyo, Carlos.

Volví a la realidad. Mis manos estaban temblando y no dejaban de brotar lágrimas de mis ojos. Miré el techo y traté de que el aturdimiento por lo que acababa de leer se fuera, mientras mi cerebro asimilaba toda la información que acababa de obtener.

Decidí ver la portada del libro. Decía “Ensayo sobre la ceguera” de un tal José Saramago. En las hojas blancas del libro aparecía con una letra diferente a la de mi abuelo la leyenda: “Regalo de mi amorcito en nuestro primer San Valentín”.

Mi abuela había perdido la memoria antes de su muerte. Según me contaba mi madre, mi abuelo le ayudaba a escribir notas en los objetos o le dictaba las frases para que ejercitara su mente y no olvidara. Funcionó un tiempo, pero la última semana que mi abuela vivió ya no recordaba a mi abuelo. Sólo recordaba a su joven esposo de cabello rizado.

Dejé la carta en su lugar y corrí muy lejos del librero. Ya no quería saber nada más que me pusiera a pensar en mis abuelos por un tiempo. Mi mamá me observó con extrañeza y me preguntó si había perdido la cabeza o por qué corría de esa forma por la casa. No supe qué decir. Solamente la abracé y le dije con la voz quebrada:

—Tú eres mi motivo para seguir adelante.

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