Un Día de Muertos diferente: la muerte en la calle y las infancias en casa

Texto y fotos: Yareth Arciniega Villa, Aranza Bustamante y Jose Antonio Garcia

Una antiquísima pieza musical infantil que ha sido cantada por generaciones enteras de niños y niñas dice que el 1 y el 2 de noviembre “cuando el reloj marca las 12:00 las calaveras salen de su tumba”; sin embargo, este año no fue así.

Estos días de noviembre las tumbas se mantuvieron selladas, las puertas cerradas y las “calaveritas” quedaron semivacias; algunos de los pequeños catrines y catrinas, brujas y vampiros se quedaron resguardados en sus casas, otros, decidieron salir con sus respectivas medidas sanitarias.

La razón ha sido, irónicamente, el contacto constante con la muerte a la que México ha estado aún más expuesto desde principios del 2020, cuando el 27 de febrero se declaró oficialmente en el país el inicio de la pandemia por Covid-19.

Hasta el momento se han registrado 92,593 muertes por este virus en México y, aunque los niños y niñas no forman parte de los grupos vulnerables ante esta enfermedad, se han visto afectados en otros aspectos; desde hace más de medio año muchos de ellos no tienen contacto con el exterior, su mundo se redujo a cuatro paredes y este Día de Muertos algunos tampoco salieron a pedir dulces, como se acostumbra en muchos lugares.

En el presente texto Voces de quimeras recopila tres historias que dan cuenta sobre cómo algunos de los niños y niñas vivieron estos días de tradición mexicana tan popular. Este fue un Día de Muertos diferente en el que algunos infantes se mantuvieron en casa, mientras que otros salieron con mucha precaución, pero en el que la muerte permaneció en las calles y los hospitales.

Samantha, 6 años

Son las seis de la tarde del 1 de noviembre y en la casa de Samantha ubicada en la alcaldía Álvaro Obregón ya todo está preparado para que lleguen los muertos. El comedor luce adornado con calaveras vestidas de trajes pertenecientes a diferentes tiempos; desde aquellos vestuarios que se usaban en la época prehispánica, hasta catrines con trajes de gala o catrinas con vestidos brillantes, labios pintados de rojo y tacones.

En la barra que yace en el comedor hay fotografías de sus seres queridos: abuelos, padres y primos, todos ellos familiares de Samantha. Se percibe un olor a flores de cempasúchil y a ponche, los cuales están colorados en la ofrenda, junto a veladoras, dulces, pan y hasta juguetes.

A la abuela de Samy le gusta mantener esta tradición, ya que desde niña se la enseñaron, por eso se la quiere transmitir a su nieta, quien, emocionada, comienza a acomodar su vestido negro con detalles rosas para disfrazarse de catrina. Su mamá le ha dejado en claro que no saldrá a pedir dulces como una medida para evitar contagiarse de Covid-19, pero como a ella le encanta disfrazarse, no le importa no poder salir.

Una vez que se ha puesto su vestido, su mamá busca el maquillaje que utilizará en el rostro de Samantha; quiere intentar hacerle el diseño de La Catrina de la película El libro de la vida. Luego de casi una hora de intentos, logra terminar de maquillarla.

Samantha, su abuela, su mamá y sus tíos toman una decisión: deciden salir de casa para visitar a una de sus tías, quien vive sola y cumple años este día. Esta es una de las pocas salidas que la niña ha tenido desde que inició la pandemia. Minutos más tarde de, luego de que se ponen de acuerdo, salen de casa con sus respectivas medidas sanitarias.

La velada transcurre rápido en casa de la tía de Samantha, quien, a falta de otros niños con quienes convivir, canta y baila al ritmo de la cantante de tex-mex Selena, además, se divierte con el perro de la casa, posa para algunas fotografías y, finalmente, se queda dormida en el sillón con unas ganas inmensas de salir a pedir “calaverita” como acostumbraba en los años pasados.

Jade, 9 años

Es 1 de noviembre y Jade de nueve años de edad ayuda a su familia a colocar la ofrenda dedicada a su abuelo materno y a “Presidente Miau”, su gato, el cual falleció en marzo de este año. Es una ocasión especial para ella al ser la primera vez que se coloca una ofrenda en el departamento de los Garcia Ramírez, ubicado en la alcaldía de Iztapalapa. 

Flores de cempasúchil, pan de muerto de chocolate y de azúcar, tequila, mandarinas, plátanos, un melón y un sobre de Whiskas para su mascota, es lo que acompaña los dos retratos y la veladora que conforman la ofrenda. El papel picado se encuentra en las cortinas y debajo de la ofrenda. 

Jade está emocionada. Pudo conseguir en el mercado un kit de maquillaje junto con unos colmillos de plástico para disfrazarse de vampira. Su disfraz es improvisado. La ropa negra que acompaña al maquillaje fue comprada con anterioridad. Son las siete y media de la noche y su rostro ya está maquillado. 

Jade le comenta emocionada a su papá que como casi no habrá niños, le tocarán más dulces. Le ilusiona la idea de poder salir aunque sea a la tienda de la esquina por su “calaverita”. Se coloca tanto su cubrebocas como su abrigo para no enfermarse y salir al exterior. Cuando sale puede ver que no hay muchas niñas y niños en las calles, tampoco puestos ofreciendo dulces, de hecho es extraño ver niños disfrazados. Da un pequeño recorrido y regresa con algunos dulces que son sanitizados inmediatamente. 

Para concluir el día, reparte los cinco dulceros que armó. Su mamá y papá le regalan algunos dulces, anticipándose a que no repartirían tantos debido a los tiempos pandémicos. Toma el control de la televisión y entre toda su familia deciden ver la película de It del año 1990.

Romina, 3 años

Es la mañana del 1 de noviembre y Romina de tres años se levanta desde temprano para acompañar a sus padres a vender al mercado. A pesar de la llegada del Covid-19 al país, dejar de trabajar jamás ha sido una opción para su familia, pero esto no molesta a la pequeña, de hecho todo lo contrario. Antes de salir decide personificar a Maléfica, uno de sus personajes favoritos.

Un vestido de satín negro, capa de tul morado, cuernos acolchados y brillantes a juego, así como unos zapatitos de charol con moño conforman su vestuario. Una vez que llega al mercado ambulante, Romina comparte dulces a los otros niños que están disfrazados. Con el pasar de las horas, el ajetreo y las travesuras dejan sólo un ligero rastro de labial negro sobre sus labios. Su cobrizo cabello chino y delgado sale por todos lados de la liga que torpemente trata de sujetarlo. 

La tarde cae y el cansancio hace de las suyas. Al llegar a su casa en la delegación Tlalpan se encuentra con un patio adornado con brujitas coloridas, fantasmitas de fomi y guías anaranjadas desgastadas por el tiempo. Su calabacita rosa llena su interior con algunos dulces y un poco de dinero; unas gomitas en forma de dientes, paletas, algunos chocolates, polvitos agridulces y unas papas que compraron para ella fueron su “calaverita” este año.

Romina es muy pequeña para entender la magnitud de la emergencia sanitaria por la que atraviesa el mundo, a sus tres años su mundo son cuatro paredes y un patio con un perro que siempre está dispuesto a jugar con ella. Este año no hubo muchas brujas, calaveras, ni vampiros, sólo algunos dulces.

Autor: Voces de quimeras

Voces de quimeras es una revista digital y un portal dedicado a crear contenidos en torno a temas relacionados con las mujeres y los espacios construidos por ellas.

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