De mujeres y animales: el feminismo antiespecista en el centro-periferia

Texto y fotos: Mónica Cruz

Luego de tres horas en carretera, la camioneta finalmente se detuvo. Las diecisiete personas que viajaban dentro descendieron a la oscuridad y llovizna de la madrugada. Con sombrillas en mano y los brazos cargados de materiales, caminaron por cinco minutos a la orilla de la carretera hasta llegar a lo que parecía ser un complejo industrial. Frente a éste se detuvieron y antes de que pudieran dar las 6 am, ya estaban encadenados en la entrada de las instalaciones de Granjas Carroll-Smithfield en Puebla o, como ellos mismos le llaman, el matadero más grande de cerdos en todo México. 

Unas horas antes, en la noche del lunes 28 de septiembre, activistas de la organización DxE: Direct Action Everywere Ciudad de México, una red de acción directa por la liberación animal, se habían dado cita para partir de manera conjunta hacia el lugar donde se iba a llevar a cabo una protesta pacífica en el marco de la Semana de acción y bloqueo global por la Ley de Rose. Esta ley es una Declaración de los derechos de los animales presentada en 2019 a raíz del rescate de Rose, una gallina que, como muchas, iba a ser sacrificada en una granja de producción orgánica en California. La declaración contempla cinco puntos:

  • El derecho a ser libre (no propiedad) o tener a un guardián actuando por su mejor interés.
  • El derecho a no ser explotado, abusado o matado por los humanos.
  • El derecho a tener sus intereses representados en un tribunal y protegidos por la ley.
  • El derecho a tener un hogar, hábitat o ecosistema protegido.
  • El derecho a ser rescatado de situaciones de peligro y explotación.

Mujeres antiespecistas

El grupo que se había congregado aquella noche en algún punto de la Ciudad de México no era tan variado, había pocas personas mayores y muy pocas menores de edad, en su mayoría se trataba de adultos jóvenes que rondaban los 25 años, específicamente mujeres. Al preguntarle por la predominancia del sexo femenino, una integrante de DxE llamada Claret, me comentó que no era raro que participaran más mujeres que hombres en acciones y espacios por la liberación animal y que, en realidad, eso sucedía siempre, pues el consumo de carne está muy ligado a los estereotipos de género.

Claret no estaba muy alejada de la realidad. Según un estudio global de la consultora Nielsen Ibope sobre salud y percepciones de ingredientes que se aplicó a 30 mil personas en 63 países en 2016, México era la nación con más veganos en toda América Latina, de los cuales para el año 2018 en palabras de María Fernanda Villalobos, gerente de Vegano Inc., del 60 a 70 por ciento eran mujeres que estaban en busca de una mejor alimentación. 

Michelle, una de las organizadoras de DxE piensa que las mujeres son más empáticas con la causa porque ellas han experimentado de manera más fuerte la violencia sobre el cuerpo que diariamente sufren los animales. Además, expresa que si un hombre muestra empatía por los animales es llamado “puto” o “poco hombre”, mientras que en las mujeres no hay tanto problema porque se tiene la idea de que el cuidado es intrínseco a su personalidad: “Es una mezcla de prejuicios sexistas y de cosas que podemos entender porque las hemos vivido y de las que no queremos ser parte”.

Desde niña, Michelle tuvo una gran conexión con los animales: rescataba perros y simpatizaba mucho con los gatos, pero nunca tuvo una conciencia antiespecista hasta ingresar a la universidad en la Ciudad de México, de donde es originaria. Fue a raíz de una investigación escolar que hizo sobre veganismo, que comenzó a sensibilizarse y a reflexionar sobre las crueldades de la industria animal y sobre su propio estilo de vida. Desde hace aproximadamente cinco años no consume más animales ni en comida, vestido o algún otro tipo de producto.

Las estadísticas en México comprenden únicamente la cantidad de personas que llevan un régimen de dieta vegano, pero para Michell ser vegana debe ser más que una dieta, pues una dieta no sería suficiente para frenar el sistema de explotación animal que impera a escala global, que es el objetivo de la organización con la cual colabora. 

Activistas leyendo un discurso frente a las puertas del rastro de Granjas Carroll.

Para ella, el veganismo es algo muy complejo, es una postura política que debe implicar ser antiespecista. Como activistas antiespecistas, el objetivo no es pedir mejores condiciones en la matanza de animales, sino abolirla haciendo acto de presencia en los lugares de la industria, enfrentándose cara a cara con las condiciones en que están los animales, visibilizando lo que viven los y las trabajadoras de los mataderos a través de la acción directa y la protesta pacífica. Justo como lo hicieron la madrugada del 29 de septiembre en las instalaciones de Granjas Carroll, Puebla.

El objetivo inmediato fue bloquear la entrada a los camiones que todas las mañanas ingresan miles de cerdos cuyo destino es, en el argot de la empresa, ser sacrificados. Impidieron el paso con cajas de cemento y el cuerpo propio, así que, si lo primero fue encontrarse de golpe con la llovizna y el viento, lo segundo fue soportar, con las ropas ya húmedas, los 4°C en el ambiente durante las próximas cinco horas, exponiendo pancartas y sosteniendo carteles con mensajes referentes a la liberación animal.

Activistas bloqueando la entrada a las instalaciones de Granjas Carroll, Puebla.

Las hembras no quieren ser violadas ¡Como nosotras!
Las hembras no quieren que les quiten a sus hijos ¡Como nosotras!

poeta periférica, actriz de la calle, 
súper estrella marginal,
acompañante amorosa de abortos, 
feminista, antiespecista. 
Cocinar es un arte.

Esta es la descripción que introduce al perfil de @lavagabundadesiempre. A lo largo de las tres columnas de imágenes que presenta la interfaz de Instagram para mostrar las publicaciones de un usuario, se puede apreciar un collage pintoresco fundado en mujeres de dibujo, animales domésticos, bordados rosas, pañuelos verdes, paisajes barriales y comida, mucha comida. La cuenta pertenece a Itzel Nayelli, activista feminista de 27 años residente del municipio de Chimalhuacán, Estado de México, editora de la revista La Pulcata y gestora y promotora de la poesía escrita por mujeres.

En entrevista, cuenta que en sus clases del bachillerato cuando un hombre hacía comentarios machistas ella se cuestionaba mucho, pero el feminismo como tal tocó a su puerta cuando una maestra la invitó a un espacio de reflexión feminista de cinedebate; ahí comenzó su formación. Como activista dedicada al acompañamiento en abortos, se inició en la Ciudad de México, pues a allí residió por un tiempo, sin embargo, su labor se ha trasladado al Estado de México desde que regresó a vivir a vivir a Chimalhuacán. Ahí se reúne con mujeres feministas con las que tiene la intensión de formar un activismo feminista descentralizado.

Pero antes del feminismo, a La Vagabunda, como se hace llamar Itzel, le llegó el antiespecismo. Éste llegó a través de la reflexión sobre sus alimentos. La formación política la adquirió después, al entender que no estaba comiendo algo sino a alguien y que eso era el resultado de un proceso de aprendizaje de toda la vida: “El especismo ha colocado a toda la humanidad por encima de las otras especies y nos ha dado permiso de disponer sobre sus vidas, sobre sus cuerpos, sus libertades y su dignidad”.

A diferencia de Michelle, Itzel no opina que lo que hace es activismo antiespecista sino propaganda de la liberación animal porque “así como no se puede ser feminista en voz baja, tampoco se puede ser antiespecista en voz baja”. La violencia sistemática está ocurriendo y no hacer algo al respecto para ella es ser irresponsable. 

Nayelli piensa que existe todo un mundo de comida para la que no hay que matar a nadie, por eso la propaganda a la que se refiere se basa en difundir, a través de sus redes sociales —principalmente Instagram—, formas creativas de cocinar alimentos vegetales que no implican el sufrimiento y explotación de ningún ser animal. “En realidad no sabemos cocinar todas las plantas que tenemos, solemos utilizarlas para hacer ensaladas o acompañar la carne, pero a la gente le cuesta trabajo imaginar lo potencialmente deliciosas y cocinables que son”.

Por su formación feminista, para Itzel, el patriarcado y el especismo van de la mano; el consumo de carne y la violencia especista también está sexuada. Ella se considera abolicionista por lo tanto cree en la abolición de la esclavitud sexual y reproductiva de cualquier hembra y no considera que sea ético seleccionar en qué se aplica el análisis y en qué no. Ella opina que no se debe ser ‘mujerista’ porque esa opresión que recae sobre los cuerpos femeninos viene de todo un sistema cultural que se reproduce día a día en lo que se come.

La alusión a la violencia que sufren las hembras por parte de la industria animal está presente también en el discurso antiespecista de organizaciones como DxE. La industria se aprovecha de las capacidades reproductivas de las hembras para violarlas y que tengan bebés, bebés que se engordarán para mandar al matadero o para repetir los mismos patrones de la madre si son hembras, como lo expresa Michelle. 

Ella ve un paralelismo entre la explotación de animales y las relaciones hombre-mujer, pues, en sus palabras, en esta sociedad los cuerpos de las mujeres y de las niñas se violan, trituran, y mutilan, se ponen en bolsas y se tiran como si fueran basura, lo mismo que pasa con los animales: 

“El sistema funciona con los mismos principios; yo hago esto porque soy hombre y porque puedo, yo agarro y confino animales, los engordo y después los asesino porque la sociedad paga por esto, así como también paga por violar niñas y comprar los cuerpos de las mujeres que son prostituidas”.

En el centro y las periferias

Itzel y Michelle tienen en común el hecho de que son feministas antiespecistas, pero el contexto diferenciado social y económicamente en el que se se desenvuelven, hacen que la forma en la que viven su postura política no sea la misma, comenzando por el hecho de que para Itzel ha sido difícil encontrar personas afines a sus ideales. Debido a que forma parte de la población flotante del Estado de México, su constante movilidad no le ha permitido entrar en mucho contacto con la gente de Chimalhuacán. Fue hasta que empezó a vincularse con feministas de su zona que empezó a conocer más mujeres veganas.

Para Michelle, entablar contacto con grupos antiespecistas no tuvo las mismas características. Ella incluso tuvo la oportunidad de viajar a California en Estados Unidos, para conocer a una activista muy reconocida en el medio que influyó en ella de tal manera, que decidió comenzar la organización contra la explotación animal con los ideales de DxE en la Ciudad de México. Por otro lado, Nayelli, no cree que para tomar conciencia sea necesario el amarillismo en el asesinato de los animales. “Yo no creo que sea necesario verlos, no nos vamos a poner a ver videos de cómo asesinan mujeres para entender que el feminicidio es algo brutal”, comenta.

Aún con estas diferencias, ser antiespecista no es algo sencillo en ninguna parte; para ambas es cansado lidiar con el especismo cotidiano. Michelle cuenta que es una lucha de cuestionamiento constante que apela mucho emocionalmente: “Hacer investigación en centros de explotación animal, por ejemplo, es muy deprimente y arriesgado, me hace pensar en cuánto tiempo estoy invirtiendo y en cuánto estoy aportando a la causa”

La Vagabunda, por su parte, acepta que a veces se frustra y siente que es una batalla perdida “porque si ni siquiera nosotras que somos mujeres humanas gozamos del cumplimiento de nuestros derechos, menos los animales que son seres aún más indefensos”.

A medio día del martes 29 de septiembre, las autoridades de Granjas Carroll se acercaron a negociar con los y las activistas, y tras no ver en ellos la intención de retirarse, acordaron permitir que investigadores de DxE entraran a las instalaciones del rastro para realizar trabajo de documentación. Cuando los manifestantes estaban a punto de marcharse, dos camiones arribaron al lugar con más de 200 cerdos cada uno. No pudieron más que darles un poco de agua y, con lágrimas en los ojos, dejar que entraran al matadero de cerdos más grande de México.

Joven activista despidiendo con música a los cerdos que serían sacrificados.

Autor: Voces de quimeras

Voces de quimeras es una revista digital y un portal dedicado a crear contenidos en torno a temas relacionados con las mujeres y los espacios construidos por ellas.

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